¡Bendiciones! ¡Bendiciones!

¡Bendiciones! ¡Bendiciones!

 

Despacio en curva

 

Alberto Aguilar.

 

Amar al prójimo, sin distingos, no es suficiente.

Tener para el semejante un buen deseo, y además verbalizarlo, es como soltar en el camino pétalos frescos para una persona que, sinceramente, no lo ha solicitado.

Hay que cuidarse, entonces, de ser un mal actor de nuestras emociones. Esa exhortación de “oye a tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes”, es oblea apetecible en la boca bíblica de quien, a manera de despedida, insiste en decir: ¡Bendiciones! ¡Bendiciones!

Por qué entonces si el origen de este anhelo es espiritual, benigno, lindo, transparente, por qué es tomado por muchos como profesional fingimiento, frase común y trillada, usurpación de quien posee legitimidad poco menos poco más respetable que la del Papa, Padre de la Fe, Pastor, Guía Espiritual, Sensei, Padrino, Médium, Confesor, Intercesor, Proveedor.

A partir de que ya cualquiera se sube o es subido al púlpito, al pódium, a la palestra, a la montaña —para desde esa altura de autoridad pontificar y seducir a la verdad, a la luz— ha quedado el tufo de que los emuladores de lo divino no son más que farsantes con el único perdón de que el origen de su apostolado presume de buenas intenciones.

Quizá sea el desgaste mismo de las palabras el que ha hecho que el regalo verbal “Dios te bendiga”, “Dios te bendice”, ya no sea suficiente a pesar del arranque de amor que tiene inflamado al corazón.

[Así se entiende que para multitudes la categórica y apetecible expresión “Te amo”, resulta insuficiente a pesar de que en esta enunciación cabe el universo entero; para no pocos el afirmar a cualquiera “Te amo”, es bisutería de la más Made in China porque no se cree una entrega tan apresurada. Probablemente quien insiste en amar, y lo dice, es resultado de una sensación trunca, corta y escasa lo que hace que el que ama añada: “Te amo mucho”]

Acaso sea nuestra miseria espiritual, la verruga en el alma, la jiotosa vida vivida la que impida ver al otro con el mismo nivel de amor y, a la par, no poder perdonarle su imperfecta y contradictoria existencia. Pero qué se le va a hacer si ya existe, si coexistimos con él.

Dejo a los bíblicos explicar si el bendecir sea potestad de los hombres o sólo provenga del Señor; si hay que cotejar en Números, Deuteronomio o Génesis; si el decir cuantiosas veces al día ¡Bendiciones!, ¡Bendiciones!, sea ya una expresión hueca e inconsistente como el saludo de los buenos días.

Tal vez estamos tan saturados de maldiciones o mentadas a la jefecita santa que ya no distinguimos la paja del heno.

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