Con aire o sin él (Segunda de dos partes)

 

Con aire o sin él

(Segunda de dos partes)

 

Despacio en curva

 

Alberto Aguilar.

 

La poesía es desfiguración. Desfigura la realidad. Aunado a que un poema no es producto de un solo hombre, es consecuencia del tiempo, de la tradición, del conjunto de voces que permanecen y se comunican entre sí.

Con la afirmación-petición: “Tú que eres poeta / y en el aire las compones, / hazme una chaqueta / sin bajarme los pantalones”, lo que desfigura el pueblo es la cara del poeta. La descompone componiendo un remate hiriente, cual par de pitones hechos de vocablos.

Por otro lado, tampoco nos pongamos tan serios en defensa del poeta. Él mismo ha desbordado la copa de su ingenio. Alelado quedó el gran César al sentir propinar ese epigrama memorable, sexual, socarrón, hecho para él: “Fue marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos”.

Las divertidas que se llevaron Manuel Rodríguez Ajenjo, Antonio Ferrer y Humberto Navarro en la creación de libretos y producción del programa televisivo La carabina de Ambrosio. En su sección La palabra canta, reímos ante la ridiculización del poeta.

De 1978 a 1987, el actor Alejandro Suárez hizo de la figura del bardo un comiquísimo y burdo personaje. Vestido de máxima etiqueta, celebra con la palabra acontecimientos comunes, rimados, risibles, haciendo un inicial sonido unísono con los talones, además de la gala que le otorga su bastón, sombrero y capa: todo un banquete del verbo y la elegancia.

La carabina de Ambrosio, show cómico-mágico-musical, da registro de ese goce pícaro, desparpajado y cínico respecto del perfil que tenemos de los poetas. Entre relajo y relajo, nos carcajeamos del estilo declamatorio, trágico, de los ademanes torcidos y empalagosos sonsonetes emitidos desde la palestra.

Los ataviados decimonónicos tenían nombre y apellido: Gustavo Adolfo Tatacha, Locaido Freud, Chucho Garnacha, Furcio Pacheco, Serapio Rea, Elpidio Lasotras, Don Rucardo Antañón y Niño de Rivera, Manolo Caliche, Narciso Galán, Manuel Acuña Monedas, Agapito Pequeño, Fausto Cienfuegos llamado también El Coronel Chispita…

Poniéndonos serios, sin el prototípico ropaje del frac como se le presentó en La palabra canta, sin la picardía solícita de que logre hacer una chaqueta sin bajar los pantalones, el poeta es un milagro de los tiempos.

Para el poeta el lenguaje es zona de carga y descarga, recreación, única realidad posible. Para el poeta, la poesía es la Gran Diosa, la Gran Madre.

Pulcro o podrido, pañoso o chapeado, fluido o tartajoso, enhiesto o jorobado, el poeta anda en pos de su afán poético.

Más allá de la consecuencia monetaria que arrojan las becas, los talleres eventuales de poesía, las charlas públicas, o la venta, inusual, de algún libro o plaquetas (publicación de tamaño pequeño y extensión corta), sabemos que el poeta suele vestir común y corriente; es y fue, a la manera del cantor, “perro callejero por derecho propio, su filosofía de la libertad, fue ganar las suyas sin atar a otros, y sobre los otros no pasar jamás”; acostumbra caminar el camino caminado, regresarse sobre sus propios pasos y volver a andar el camino, pero en modo alguno no va a ensuciar al sol con sus quejidos.

Conjuntamente, de ninguna manera es pobre. Cómo va a serlo, compadre, si están dotados de riqueza en la mente y en el habla: sus musas tienen cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y lo que lloran son líquidas perlas, y, al pisar, producen jazmines y rosas, y su aliento es de puro ámbar, almizcle y algalia.

Con aire o sin él, el poeta nace y se hace. Pero si no nace, difícilmente se hace. Y si nace y no se hace, ¡pues mejor no hubiera nacido!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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