El último vagón

El último vagón

 

Salí como cada mañana de casa, no esperaba nada del día; sólo salí a cumplir un día más. La verdad estaba cansada, aburrida.

 

Recuerdo haber tomado el metro, específicamente el último vagón de la línea 7. Me encontraba cansada porque no pude dormir por la noche; insomnio, lo de siempre. El vagón estaba vacío para mi suerte; porque seamos sinceros, encontrar un vagón vacío en la locura que es el metro de la ciudad, es una bendición. Pude elegir mi lugar cómodamente, y como aún me quedaba un largo camino para llegar a mi destino, me dormí. Bueno, yo recuerdo haber dormido; el metro siempre ayuda a conciliar el sueño. Cuando abrí los ojos ya había más gente a bordo, no vi sus rostros, pero ahí estaban.

 

Volví a cerrar los ojos y más adelante de mi viaje desperté nuevamente, ya me invadía una sensación de incomodidad, o preocupación, tal vez solo eran mis nervios, o una especie de epifanía, o como dicen los chavos de ahora, una manifestación, pero ese sentimiento recorría cada parte de mi cuerpo, a tal punto que se me erizó la piel. Pude observar que había personas en el vagón cuando abrí los ojos. No obstante, al ver a las personas no podía ver sus rostros, sólo eran oscuridad. Estoy segura que no es la iluminación ni son mis ojos somnolientos, en verdad que no puedo ver sus rostros. Tal vez estoy soñando, cerraré los ojos para así despertar. Abro los ojos y veo a las personas más cerca de mi lugar, me quiero levantar, pero algo dentro de mí no me deja. Sigo tratando de ver sus caras, y ahora sé que no son mis ojos porque sé que no es un sueño.

 

Ya duró de más mi viaje, y ahora que veo a través de las ventanas del vagón estamos pasando por un túnel, no recuerdo que en esta línea haya un túnel tan largo. Sigo viendo hacia afuera, aunque solo veo las paredes del túnel. De momento regresa ese sentimiento de preocupación. Regreso la mirada al interior del vagón y la gente ya me está rodeando, balbucean cosas alrededor mío, y sólo ríen; ríen y ríen; es una risa aterradora.

 

Estoy petrificada, porque aún no veo sus rostros, son solo oscuridad, y unos ojos rojos; son personas con una gabardina, un sombrero y pantalón de vestir. Todos alrededor de mí sin dejarme ninguna salida, riendo.  Están a punto de saltar sobre mí. El metro se detuvo, puedo salir corriendo, al fin. Comienzo a correr desenfrenadamente sobre el pasillo de la estación. Está muy poco iluminado, menos que de costumbre, no reconozco la estación, pero sólo sé que debo de seguir corriendo. Todo se nubla y yo pierdo el conocimiento. Escucho otra vez esas risas, y cuando puedo abrir los ojos veo mi cuerpo hecho trizas sobre aquel asiento del último vagón.

 

Dafne O.

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