Don Herminio y su hija

Don Herminio y su hija

Ay ojón

Alberto Aguilar.

Fue un 14 de Febrero, en las primeras horas del día.

Las habitaciones de la Unidad Santa Cruz, de la mano del alba, despedían ambiente de ternura, reconstrucción del tejido matrimonial, una nueva historia donde, a qué negar, hay excesos de violencia intrafamiliar. Importa el hoy, y hoy es distinto. Es el día del Amor y la Amistad. De edificio en edificio pintaba prometido insomnio orgásmico con municiones de Sex Shop en los burós, junto a la cama.

El amor revestido de amistad, el amor revestido de amor químicamente puro, ya estaba escrito en las intenciones coitales de los amantes.

Luis todavía no salía de casa —ni se había puesto el overol para ir al jale, ni su esposa se levantaba aún a hacer el desayuno—, y ya amasaba con ansia cada nanosegundo para, después de regresar del trabajo, aparecer retador y sensual, sádico y masoquista, víctima y victimario, esclavo y amo ante su presa. Ya ya, que transcurra el día, que llegue la tarde, para erotizar con su mujer lo que desde la madrugada no ha sido más que salvaje erección electrizante.

Un día antes, el Nissan Tsuru 1984, primera generación, bautizado como Palomo, entraba huidizo al Motel Los Amorosos. Imperceptible para nadie; según.

Fueron las payasadas del destino o la concesión del cielo para perturbar la paz de los que se aman, o quizá la envidia de la felicidad ajena, o el mero oficio de fisgonear toda la vida, a saber…

El punto es que ahí estaba, a lo lejos, don Herminio y su setentero ojo de águila reconociendo al Palomo: imposible no olerlo, omitir el sonido de su motor, desconocer la carrocería. La memoria agradecida no podría cometer filicidio con quien no sólo fue su auto primogénito, sino el trofeo de sus muchos ahorros y trabajos. El Palomo fue también el cómplice de sus secretos deseos a puertas cerradas.

“¡Hijo de la verija, de esta no te zafas!”, gruñó don Herminio.

Mañoso y audaz, el viejo llegó al auto sin ser visto. Diestro, manipuló el vidrio de la puerta que corresponde al piloto. Lo hizo descender. Años practicó esto hasta con los ojos cerrados, ahogado por el alcohol. Ya dentro, con navaja suiza e impulso vengativo, fue desinstalando el modular del auto. Al fin, el triunfo lo tenía entre las manos. Esperó que amaneciera para llevar la evidencia de la sucia infidelidad.

Camino al edificio C5, don Herminio se fue agriando al ver a ilusos peatones con globos rojos en la mano, docenas de rosas, peluches obesos, o enamorados caminando de la mano con quien juran es el amor de su vida. “¡Polvo pendejo sobre los hombros!”, murmuró irritado.

Al estar frente a la puerta del departamento 6, don Herminio se fajó los pantalones. Tragó saliva biliosa y volvió a mirar el estéreo que sujetaba con la mano. “Ya valiste puritita madre”, dijo con voz mediana.

Los nudillos de su mano se rasparon una y otra vez, enérgicos, sobre la lámina de la puerta; importaba poco el dolor, el escándalo. Que se escuche el golpear de puerta, ya vendrá el rechinar de dientes, el divorcio, la inevitable separación y el ridículo llanto. Satanás había llegado y no usaría timbre o palabras amables para anunciarse.

—Suegro, qué sucede, alteran sus toquidos, –dijo Luis, ya con el overol puesto para ir a trabajar de repartidor de agua Ciel.

—No les quitaré mucho tiempo. ¡Ya sé que andas de perro calenturiento!

El yerno se sorprendió por la manera en la que le hablaba el vejete. Sabía perfecto que no era de su agrado, pero nunca lo había insultado tan directo.

Don Herminio lo miró fijamente, con rabia en los ojos. Mostró el estéreo que había sustraído del auto en el motel aquel.

Luis miró el estéreo. Lo reconoció. Acercó sus manos para tomarlo, pero el suegro lo alejó bruscamente.

—¡Luuupe! –gritó Luis a su esposa, que estaba en la cocina—, ven, aquí está tu padre, trae el estéreo. ¡Es el que dijiste que te robaron ayer del supermercado!

 

 

 

 

 

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