1982: El Despertar del Gigante Dormido – La Erupción del Chichonal
El aire cálido y húmedo que habitualmente envolvía las faldas del entonces apacible cerro conocido localmente como «El Chichonal» comenzó a cargarse de una tensión inusual. Durante siglos, su silueta boscosa se había integrado al paisaje chiapaneco, un gigante dormido en la memoria colectiva. Nadie imaginaba que bajo esa apariencia tranquila, las entrañas de la Tierra preparaban un despertar estruendoso, un recordatorio brutal de la fuerza indomable de la naturaleza.
Las primeras señales fueron sutiles, casi imperceptibles para el ojo inexperto. Pequeños temblores sacudían la tierra, acompañados de un incremento en la temperatura de las aguas termales cercanas y la emanación de gases con un olor sulfuroso cada vez más intenso. Para los habitantes de las comunidades zoques que poblaban las laderas, estos fenómenos, aunque ligeramente anómalos, no presagiaban la catástrofe inminente.
Sin embargo, la actividad sísmica se intensificó con el correr de los días de marzo. Los temblores se volvieron más frecuentes y perceptibles, despertando la inquietud entre los pobladores. Los murmullos se extendieron de casa en casa, de parcela en parcela. ¿Qué estaba sucediendo con su montaña?
La respuesta llegó de forma violenta y espectacular. La tarde del 28 de marzo de 1982, el silencio ancestral que cobijaba al Chichonal se rompió con una explosión ensordecedora. Una columna gigantesca de ceniza, gases y fragmentos incandescentes se elevó hacia el cielo, tiñendo el azul caribeño de tonos grises y ocres. El gigante había despertado, escupiendo con furia la energía acumulada durante siglos de letargo.
La erupción inicial fue solo el preludio de un evento mucho mayor. Las noches siguientes se iluminaron con el resplandor rojizo de la lava asomándose por las nuevas bocas del volcán, mientras la lluvia de ceniza cubría vastas extensiones de terreno, oscureciendo el día y sofocando la vegetación. El rugido constante del volcán se convirtió en la banda sonora de la región, infundiendo temor e incertidumbre en los corazones de miles de personas.
La magnitud de la erupción del Chichonal tomó por sorpresa a la comunidad científica y a las autoridades. Su índice de explosividad volcánica (VEI) alcanzó el nivel 5, catalogándolo como una erupción significativa, comparable en fuerza a la del Monte Santa Helena en Estados Unidos dos años antes. La violencia del evento modificó drásticamente la geografía del lugar: la cima del volcán colapsó, formando un cráter profundo y llenándose posteriormente de un lago sulfuroso de color turquesa.
Las consecuencias fueron devastadoras. Las comunidades cercanas fueron arrasadas por flujos piroclásticos y la intensa caída de ceniza, causando la pérdida de vidas humanas y la destrucción de viviendas, cultivos y ganado. Miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares, convirtiéndose en desplazados ambientales. La nube de ceniza se extendió por cientos de kilómetros, afectando la salud de la población, la agricultura y el transporte aéreo en varios estados del sureste mexicano.
La erupción del Chichonal en 1982 no solo fue una tragedia humana y ecológica, sino también un poderoso recordatorio de la fuerza incontenible de la naturaleza. Un gigante dormido que, al despertar, demostró la fragilidad de la existencia humana ante los procesos geológicos de nuestro planeta. Este evento marcó un antes y un después en la historia de Chiapas y en la vulcanología mexicana, impulsando la investigación y el monitoreo constante de los volcanes activos en el territorio nacional. La cicatriz dejada por el Chichonal en el paisaje y en la memoria colectiva sigue siendo un testimonio elocuente de la imponente y a veces despiadada belleza de la Tierra.