Los soldados que cruzaban ríos con odres inflados: la audaz logística del Imperio asirio
a 23 agosto 2025. Lizeth Cuahutle
A primera vista, parece una escena salida de una leyenda: soldados cruzando un río caudaloso sin puentes ni barcos, aferrados a sacos hinchados mientras arrastran caballos a nado. Pero no es ficción. Es un bajorrelieve tallado hace casi 3.000 años en Nimrud, la capital del rey asirio Ashurnasirpal II (883–859 a.C.), que muestra con sorprendente detalle cómo su ejército atravesaba los ríos del actual Irak sin detener la marcha.
La escena muestra a los soldados asirios usando odres inflados probablemente pieles de cabra o cerdo como flotadores improvisados. Esta técnica, lejos de ser una curiosidad, les permitía mantener el ritmo de avance, proteger su equipo y realizar maniobras tácticas inesperadas, sorprendiendo a enemigos al otro lado del río sin necesidad de embarcaciones pesadas ni puentes.
Junto a ellos, los caballos nadan guiados por cuerdas, mientras algunos soldados reman en pequeñas barcas. El relieve, como muchos de la época, no era decoración sino propaganda: una crónica esculpida en piedra que exaltaba el poder, la organización y la audacia del imperio.
Aunque rudimentaria, esta técnica demostraba una comprensión práctica de la flotabilidad, del cuerpo humano y del entorno. Sin necesidad de herramientas complejas, los soldados convertían pieles curtidas en salvavidas, capaces de transportar armas, provisiones e incluso documentos sin que se mojaran.
Otros pueblos antiguos emplearon métodos similares, pero en el caso asirio llama la atención la escala: no eran soluciones individuales, sino parte de una estrategia militar organizada.
Los relieves de Nimrud, muchos de ellos hoy en el Museo Británico, siguen fascinando por su fuerza visual y narrativa. Nos recuerdan que el Imperio asirio no solo fue una potencia militar brutal, sino también un ejemplo de ingenio logístico y adaptación.
Mientras observamos estas escenas talladas en piedra, aún parece oírse el eco de los chapoteos, las órdenes gritadas y el esfuerzo colectivo de un ejército que sabía convertir una piel inflada en una herramienta de conquista.