El ADN antiguo revoluciona la arqueología y revela nueva información sobre la historia humana
A 02 noviembre 2025. Lizeth Cuahutle
El análisis de ADN antiguo, extraído de huesos, dientes y restos orgánicos milenarios, se ha convertido en una de las herramientas más innovadoras para la arqueología moderna. Desde la identificación de especies humanas desconocidas hasta el rastreo del origen de enfermedades, esta técnica ha transformado la manera en que se estudia el pasado.
El hito que marcó el inicio de esta revolución ocurrió en 2010, cuando un equipo de genetistas daneses logró reconstruir por primera vez un genoma humano completo a partir de cabellos de 4,000 años de antigüedad hallados en Groenlandia. Desde entonces, el campo conocido como paleogenómica ha crecido de manera exponencial: para 2023 ya se habían secuenciado más de 10,000 genomas humanos antiguos.
Uno de los impulsores clave de este avance fue el genetista Svante Pääbo, reconocido con el Premio Nobel en 2022 por demostrar, entre otros hallazgos, que los seres humanos modernos comparten entre 1 % y 5 % de su carga genética con los neandertales. Sus investigaciones también permitieron confirmar la existencia de los denisovanos, una especie humana desconocida hasta 2008.
Además de los orígenes de la humanidad, el ADN recuperado ha permitido estudiar la evolución de enfermedades como la tuberculosis y la peste negra, así como secuenciar el material genético de especies extintas como el mamut lanudo o el dodo. Incluso se han obtenido rastros biológicos de bacterias y restos de alimentos conservados en la placa dental de esqueletos milenarios.
Sin embargo, el avance científico también ha generado dilemas éticos. La extracción de muestras implica destruir fragmentos de restos humanos y, en algunos casos, ha generado oposición de comunidades indígenas y grupos religiosos. Expertos señalan que la práctica debe incluir consentimiento y consulta con los descendientes de quienes fueron estudiados.
Aun así, la paleogenómica continúa expandiéndose. Nuevas técnicas permiten incluso recuperar ADN de sedimentos de cuevas o suelos congelados, lo que podría llevar a futuras investigaciones sin necesidad de excavar restos óseos.
Con cada secuencia reconstruida, el pasado parece volverse más claro y, al mismo tiempo, más complejo. La genética, antes ajena a la arqueología, ahora acompaña al estudio de la historia con la misma fuerza que la datación por radiocarbono en el siglo XX.