¡De puta madre! Pero qué necesidad (Segunda de dos partes)

¡De puta madre!

Pero qué necesidad

(Segunda de dos partes)

Alberto Aguilar.

II

Imposible a mi biografía temprana ignorar el nombre del cantautor Alberto Aguilera Valadez.

“Cómo te llamas, güerito”, me preguntaban. “Alberto Aguilar”, respondía. “Ah ya, Alberto Aguilera”, enfocaban. “No, Aguilar”, afirmaba. “Naaa, yo te voy a decir Alberto Aguilera”, sentenciaban. “¡Oh qué la canción”, refutaba yo. “Sí te has de saber una canción de él, ¿no? A ver, cántame la de Yo no nací para amar. (Con voz afectada, marica, de suma delgadez, animaba a mi memoria el solícito que me pedía cantar empezando por él mismo: A mis dieciséis, anhelaba tanto un amor que no llegó…)”.

En las etapas escolares de la primaria y secundaria, parte de mi educación sentimental fue más que sensible y frágil por los contenidos de la televisión y la radio.

El calificativo a mí direccionado, “niño de lágrima fácil”, venía potenciado por las historias en televisión de las huérfanas Heidi y la melosísima, quién más, la dulce niña Candy (enormes risos dorados, ciclópeos ojos que constante temblaban por el llanto que invadía y desbordaba sus cuencas y pestañas); por los contenidos románticos, bordados de anhelo y desilusión, de amor puro y, de tan puro, negado, en las voces de Camilo Sesto, Sandro de América, Rigo Tovar, Napoleón, José José, Lucha Villa, Lupita D´Alessio, Nelson Ned, Juan Gabriel; por escuchar mucho antes a Agustín Lara y Pedro Infante… años y años mamé esos contenidos que no me representaban, ¡cómo no tener anticipada melancolía, nostalgia, naciente depresión por los amores imaginarios que me hacían sufrir mucho antes de ser al menos un veinte por ciento realidad!

El programa, obviamente dominical, Siempre en Domingo presentaba a los artistas del momento. Una y otra vez Juan Gabriel era el invitado. Mis hermanos de distinta edad, apenas conmigo siete fratelli, andaban cantando los temas: “No tengo dinero”, “La muerte del palomo”, “El Noa Noa”. Yo lo hacía frente al espejo, sin él, con público imaginario o arriba de los charcos que alcanzaban a devolver mi imagen. Al ver a Juan Gabriel en la televisión yo sentía mucha tristeza por su interpretación, por lo que decía la letra, por su condición de no ser amado.

Hubo dos eventos que me quitaron temprano la mirada ingenua hacia el artista y fue el inicio de imponerme curiosear su vida privada desde el anonimato de Tlaxcala.

Uno. Llegó a mi casa un libro de pocas páginas. Veía cómo lo leían calladamente mis hermanos. Mi mamá, muy seria, pasó su vista por los contenidos. Le fueron restando importancia hasta que lo pude tener en mis manos. En la portada se leía un título contundente: Juan Gabriel y yo. En la parte inferior había una flor que descansaba junto a un micrófono. Y, más abajo, el nombre del autor, Joaquín Muñoz Muñoz.

Recuerdo que en la contraportada destacaba el autor su entera amistad con el artista. Como eran tan íntimos, compartieron juntos múltiples viajes alrededor del mundo y tuvieron contacto cercano con grandes celebridades de la canción y de la sociedad. Participa el autor, además, los primeros amores de Juan Gabriel y confiesa esa su condición de hombre solitario.

Qué se iba a imaginar el lector que los “primeros amores” de Juan Gabriel incluían sin filtros las relaciones amorosas de él con distintos hombres. Momentos homoeróticos y de relación carnal fueron captados por la cámara de Joaquín Muñoz ya fuera en la alberca, en la cama, en el sillón, con ropa y sin ella. Se veía al cantautor junto a varones jóvenes con bigotito incipiente. Se distinguía a un Juan Gabriel feliz, coqueto, concentrando la mirada del otro con la suya.

Dos. En las instalaciones de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), ubicada en la calle Diego Muñoz Camargo número 16 del Centro Histórico de Tlaxcala, con motivo del Día del Trabajo, los agremiados hicieron escenificación de dos canciones de Juan Gabriel. En la primera, hombre y mujer discutían cantando, se debatían si seguir viviendo juntos o no. Tema: Déjame vivir. En la segunda, la canción era Bésame. Ahí sí, totalmente exagerado — finalmente era una parodia—, el que hacía la voz y ademanes y movimientos de Juan Gabriel era cien por ciento afeminado, quebrado en sus movimientos, sensual en la expresión de sus labios, contrito en el lenguaje de las manos, ágil a la hora de girar sobre su propio cuerpo, obsequioso al enviar besos al público, veloz en el apretado mensaje empachado de palabras, sensual dentro de ese suéter rojo, apretadito con ese pantalón blanco más que entallado, lo que hacía notorios sus endurecidos glúteos.

Las risas que provocaba el imitador eran grotescas, majaderas, simiescas. La letanía de lejos y cerca contenía un solo vocablo alargado: “¡Puuuuto!”.

Ni la figura imponente del líder de la CTM, don Fidel Velázquez Sánchez —que entró al auditorio parsimonioso y miado— y su todavía alta estatura y enfurecida enunciación política, pudo hacerme olvidar la aseveración ahí expuesta: mi artista preferido, Juan Gabriel, ¡era puto!

Y sin embargo, empero, a pesar de, con todo y eso, con eso y todo, de cuando en vez, de vez en vez —amén de discrepancias y coincidencias, más allá de machismos furtivos—, mi artista era la adoración y el respeto de todos, el rechazo aparente mediante silbidos y faltas de respeto, y otra vez la aceptación entera, porque sin distingos cantaban y lloraban y sentían como muy íntimas sus canciones.

En esos tiempos de monaguillo, yo, en la parroquia de San José, recuerdo que iba a la casa parroquial, o curato (como le gusta decir a mi amigo mandingo Rogelio Muñoz Muñoz), y al dirigirme a la sala donde el párroco solía desayunar o tomar el sol, descubrí que estaba tomando pero alcohol y desayunaba —con lágrimas en los ojos que iban directo alrededor de su boca— la letra dolorosa del Divo de Juárez: “Yo no nací para amar / nadie nació para mí / tan solo fui un loco / soñador nomás”.

Otra revelación. Cuando un mesero era fino fino en su trato, coqueto con la mirada, “gentil et doux” —lo que en términos no tan populares, a juzgar por su delicadeza, dicen de un hombre que es “todo una dama” —, apenas se alejaba el camarero, el mesonero, el servicial, los clientes soltaban la burla: “Ay mana, ¡y arriba Juárez!”, en referencia a la alabanza verbal que hacía Juan Gabriel cuando cantaba con mariachi.

En tiempos de la secundaria hubo un compañero de nombre Juan Gabriel. Fácil es imaginar las injurias y risas que hacían los demás de esta circunstancia.

El enorme público y fans de Juan Gabriel, poco a poco, fueron distinguiendo la configuración del yo respecto de Alberto Aguilera Valadez —letrista y compositor— a la del cantante o intérprete Juan Gabriel. Se fue sabiendo de sus hijos biológicos o adoptados, de sus deudas millonarias, de sus enfermedades, de sus novios jóvenes, de sus muchas casas, de su permanente soledad y necesidad de amor.

Todavía hay quien al entrar a un restaurante (lo escuché en la marisquería Mandinga Terraza & Jardín, ubicada en Porfirio Díaz número 10), y dar registro de su nombre y número de reservación, dice con tono seguro y a la vez endulzado: Adán Luna. Quien entendió sonríe o ríe: fue el primer nombre artístico del Divo de Juárez.

Al paso de los años, mis primas confesaron su decepción al ver a un Juan Gabriel con vientre inflamado, muy feo del rostro, con cabello largo y una gorra de capitán marinero que nunca se ajustó con su estilo. Otros más señalaron lo paradójico de Juanga: al inicio de su carrera artística trabajó y trabajó porque dinero no tenía y, al final de su vida, trabajó y trabajó como si apenas fuera otra vez el inicio de sus grandes esfuerzos.

Le llamo al maestro Miguelito Sexy, el fan más respetable de la ola juangabrielística en Tlaxcala. Me hace puntuales juicios respecto de la docuserie Debo, puedo y quiero —financiada por Netflix y dirigida pro María José Cuevas.

“Mira, Maestro Hot, para empezar la hija del pintor José Luis Cuevas es una fregona. Qué buen documental hizo María José Cuevas con todas esas videograbaciones caseras, y fotos, y casetes, manuscritos, álbumes, además de partituras trabajadas por mi Juanga. ¿Le faltó mencionar nombres y personajes a la realizadora? ¡Por supuesto! No escuché que hicieran honor a su director de orquesta y arreglista Eduardo Magallanes; tampoco al otro arreglista Chuck Anderson. Bueno, la Pantoja de refilón salió apenas, y sabes que era íntima íntima de Juan Gabriel. Aquí en Tlaxcala cuando fue mi gordis, mi jefazo, a ver a Juanga al palenque, le hicieron harta burla mis compañeros de trabajo. No vamos porque eso se pega, decían. Ah pero qué tal que les regaló los boletos y ahí estaban todos, contoneándose, con las canciones. Putos que no fueran. Lo que yo no sabía, Maestro Hot, es que lo violaron de niño. ¡A Juanga, no a mi gordis! Ay no… qué cabrones curas”.

Le extrañó a Miguelito Sexy que no consideraran en el documental la canción definitoria, defensa y alegato, declaración de principios, escudo de libertad sexual, manifiesto, proclama, arenga, leitmotiv, epifanía, guiño autobiográfico, confesión abierta respecto de la postura de vida y preferencias de Alberto Aguilera Valadez.

La canción se titula Es mi vida. Comparto la letra, completita, para mejor hacerme entender e ilustrar al lector:

“Es mi vida y muy mi vida / y no tengo que, yo dar explicaciones / yo tengo mis razones que a nadie / le interesará saber. / Es mi vida y muy mi vida / cada quien es quien / Y viva como viva / pues cada quien su vida / A nadie le hice daño con nacer. / Si desde que yo nací / Siempre he vivido feliz / Nunca quise ser igual / Que los demás / Y así vencí. / Cada fracaso de ayer / Siempre fue un triunfo total / Las lágrimas que lloré / Fueron de felicidad. / Es mi vida y muy mi vida / He vivido así / Nací de una victoria / Que me llenó de gloria / Cuando me dio la vida / Ella empezó mi historia. / Me dio luna y estrellas / El cielo, el sol y el mar / La tierra que hoy camino / Y no me canso de andar. / Mi vida es muy mi vida / Y el tiempo lo dirá / Si fue o no importante / No ser igual que los demás”.

Remata Miguelito Sexy: “Pero qué necesidad de andar discutiendo si se petateó o no o si a Chuchita la bolsearon. La docuserie de Netflix en eso sí es clara: murió Alberto Aguilera Valadez, y quien sigue y seguirá vivo es Juan Gabriel. Y punto, amado Maestro Hot”.

 

 

 

 

 

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