¡De puta madre!
Triduo artístico
Alberto Aguilar.
“Todo lo que se dice o haga del arte es muy delicado”, esa premisa debemos tenerla presente cada que tenemos frente a nosotros una obra de arte, cuando asistimos a un museo de arte o un amigo pintor pide nuestras honestas apreciaciones.
La actual exposición permanente en el Museo de Arte de Tlaxcala (MAT), titulada “El tiempo no es nada, el presente lo es todo”, pretende mostrar un hilo conductor respecto de la identidad e historia de Tlaxcala mediante el arte contemporáneo.
A propósito del MAT han llegado a mis oídos tal cantidad de elogios que en mi conducto auditivo ̶esa sustancia natural, necesaria, conocida como cerumen ̶, se ha logrado desplazar la cera vieja mediante los movimientos de mi mandíbula al hablar, y, con esto, he podido recibir cúmulo de aclamaciones: “El MAT es el más importante espacio del arte en Tlaxcala”, “Algún día expondré en ese Templo del Arte”, “Es un espacio digno y muy exigente respecto de lo que ahí se exhibe”, “Es el escalón local que te impulsa a formar parte, muchos muchos años después, del libro de Historia del Arte”, “En cuestiones del arte, el MAT es el culmen, lo máximo, y además está al alcance visual del turista, en el mero Centro Histórico de la ciudad”.
A la vez, la cera en mis oídos ha tenido la función de barrera para no oír tanta basura despectiva, inconveniente, cuestionable, inmoral, respecto del Museo de Arte de Tlaxcala. Admito también que los ajustes del punto de mira ̶ en este caso críticos ̶ sí dan en el blanco respecto de los equívocos de ese museo:
“Ese MAT no es más que un baño sauna cuando se atasca de gente culta. Cada que vienen las autoridades federales a inaugurar en pleno centro de Tlaxcala, hay que esperar que salgan unos para que entren otros”, “Si ese paisano, dizque artista, ya expuso tempranamente ahí, entonces indica que ya cualquiera puede ir a colgar su obra personal”, “Esos que rehúyen de convertirse en vacas sagradas son los primeros en imponer su obra; después de los años hacen que la olvidaron en el museo y ahí se queda como exposición permanente”, “Yo fui al MAT cuando el vino era bueno al término de las inauguraciones, ahora sólo galletas feas y refresco. ¿Y de las obras de arte? ¡Igual de feas y espantosas!”, “Qué gran idea tuvieron al hacer de la terraza del MAT un servicio de café, pero duró poco”, “Tlaxcalita fue atractiva cuando inauguraron su rooftop en el MAT, pude beber y bailar y conquistar, pero les quedó muy grande esa etiqueta de primer mundo a mis paisanos”, “El MAT es un nanomuseo, lo recorres sin cansarte. Quizá esté bien así. Para qué tanto museo, cómo llenarlo de gente y de obras. Si con ese pequeño espacio ahora resulta que ya cualquiera es artista”. “Una vez fui y había objetos tirados; creo le llaman a eso instalación ̶como quien va a instalar un tanque de gas. Le dije a mi mujer: ¡esto es lo mismo que tenemos en la azotea de la casa, pero aquí lo ven con ojos de arte!”, “Hacen exposiciones permanentes y se les va el avión y ahí sigue y sigue lo mismo. Si ese espacio termina siendo sólo para los amigos locales, también lo ha sido para otros amigos, hijos de cacas grandes”, “Subes por la escalera y hay oficinas, caray, si ese espacio era estrictamente para exposiciones”, “Gente necia, qué. Ese MAT está ampliado, modernizado, muy vivo. Antes de ser ampliado le entró aguas puercas por las feas lluvias y drenaje viejo. Ah, y también hubo robo de pinturas. Pobre museo”, “Cada director hace lo que puede, que en cada sexenio el MAT sea un espacio de aciertos y ocurrencias es otro cantar”.
Para tener juicio propio, visito el MAT.
Quiero enterarme del por qué del título de la exposición permanente “El tiempo no es nada, el presente lo es todo”. Anticipo desde ya que el tiempo no es nada porque el recorrido en esas salas coquetea con lo fugaz, lo baladí, la nadería del arte.
En el MAT me recibe una mujer policía, muy atenta; tiene como única arma su sonrisa, como función palpable asegurarse que el visitante anote datos personales en una hoja de registro.
Cumplido lo anterior, la primer obra que impone a mi vista es Migración e identidad. Acrílico sobre paneles de madera, 510×400 cm. Es un mural gigante, bañado en tonos azules, verdes, airosos y líquidos, quizá; hay en él varios motivos curiosos que cumplen la función de una monografía. De manera dispersa, una máscara de huehue, un maguey, garzas, borreguito de campo, nopal, aguacate, lechón, gallina ponedora; dos mapas geográficos, un fraile con vela en la mano, unos rostros pétreos y toscos y hoscos sobre cada cuerpo indígena. El hombre más fuerte que hace la función de cabeza de familia ̶ en contraposición ̶, calza una tela blanca, con un moñote en el tobillo, de esos de muy mal gusto que venden allá en Parisina.
Poco antes de entrar a las salas de exposición, a la derecha, un trabajo artesanal: “La alianza y la conquista”, hecho de popotillo, 100×70 cm. Una muy libre interpretación de un códice, quizá imaginario, atiborrado de interpretaciones libres.
Lo que sigue, al entrar a las salas de exposición del Museo de Arte de Tlaxcala, es una serie de altibajos visuales ya sea por la iluminación, por el color de las paredes, por la permanente ubicación de los espacios, y, de manera preponderante y enfática, por la selección de las obras y su distribución.
Es decir que el hilo conductor, el guion, la narración, el paseo creativo, la ruta, el trayecto, el recorrido expositivo es torpe en su orden lógico, con carencias en su plan maestro, incapaz de solventar las decisiónes ahí expuestas.
El itinerario de “El tiempo no es nada, el presente lo es todo”, es un ejemplo permanente de lo mucho que se puede mejorar en un recorrido expositivo, con las obras que ahí están, pero partiendo de cero.
Las decepciones vienen respecto de la mayúscula importancia concedida a unas obras respecto de otras y su torpe ubicación. Esto para el recorrido visual es fatal porque el visitante es quien lo sufre. La falta de recursos artísticos entre una obra y otra provoca estas astringencias. Es probable que, también, en las fichas técnicas de cada obra, los descuidos sean realidad.
Lo complejo de la exposición “El tiempo no es nada, el presente lo es todo”, no es, en definitiva, la reunión de distintas generaciones, disciplinas y contextos, abarcando pintura, grabado, fotografía, animación, instalación, arte sonoro, textil y video mappin. Lo incomprensible es el resultado y la contrariedad de lo anhelado: plano de igualdad y tejido de conexiones simbólicas.
A quién se le pudo ir demasiado lejos la madeja para hacer imposible la interpretación de contenido, la selección de materiales, a fin de crear una experiencia fascinante, memorable.
Consulto con el Coordinador del Doctorado en Humanidades región sur. Que excoordinador porque ya se jubiló. Qué importa, ahora coordinará más libremente su pensamiento. Se desata:
“Todo lo que se diga o hable del arte es muy delicado. Empecemos por ahí. Luego, en la divinidad de un museo ̶ porque es divino ̶ hay una Trinidad que, en su inmenso misterio, o le tienes respeto o franca risa burlona. Esa Trinidad está hecha por el Crítico de Arte, el Museógrafo y el Curador. Tres personajes en uno solo. Triduo artístico. El Curador es el que sabe de la Historia del Arte, y, en mayor o menor medida, comparte este sano interés con el Museógrafo, ¡no se diga el crítico de arte!. Los tres todo lo comparten porque todo lo saben. Saben (los tres) qué madre parió al artista, cuál es su estilo, sus formas, su técnica, su composición favorita, los elementos que usa, cómo compone. Además cuál es su interés en la pintura, si es social, psicológica, espiritual ¡o si es un pinche farsante el pintor!, si se coló en la Historia del Arte. ¡Ah, ah, además de las influencias del pintor! Debe saber de fotografía, de pintura, de iluminación. Se pregunta cuál es la propuesta del artista. Esta Trinidad debe tener, fundamentalmente, ante todo y para siempre, gran sensibilidad para hacer que el espacio asignado funcione con el guion artístico. Debe ser creativo. Cuidar la obra. Si por un lado entra un mar de luz natural ¡pues que levante un muro! Yo fui apenas a un museo provinciano y, te lo juro, ¡lo mejor de todo fue la tienda de souvenires que estaba al final del recorrido! Qué sensibilidad para la organización y catalogación de lo que vendían, qué claridad de conceptos, qué buen uso de la luz y los espacios! Por cierto, es más atinado mi compadre que me cura la cruda que esos curadores de museo, si bien es una actividad antigua, más o menos empezó a tener seriedad y nombre hace apenas cincuenta años. En sentido serio, tanto el Curador como el Crítico como el Museógrafo son la persona más completa en un museo. O lo contrario, tres farsantes en una sola persona, en una sola exposición”.
El excoordinador pasa de la exaltación al perdón. De lo inadmisible evidente a la derrota de los esfuerzos todos ante un gobierno mexicano que le sigue importando poco lo hecho en provincia. O la maldición del mexicano: quizá lo abominable es la improvisación, las malditas prisas.
Si el presente lo es todo, tomemos lo que en este presente ofrece el Museo de Arte de Tlaxcala y estemos atentos de su evolución, de sus narrativas ahora sí comprensibles para los visitantes de próximas exposiciones.