¡De puta madre!
Tardes de soledad
Alberto Aguilar.
Es la sensibilidad humana, el sentido común, la vida vivida, lo que permite indagar, interpretar, psicologizar al menos por un rato la vida de quien nos resulta imposible tratar. Improbable, quiero decir. Hablo de gente tan inalcanzable que sería fortuito encontrarla en el súper mercado o a la vuelta de la esquina, y cuyo acceso es posible pero en eventos multitudinarios donde esas grandes figuras son protagonistas. Me refiero a celebridades, artistas, empresarios, líderes mundiales, deportistas; hablo de gente muy culta o de plano muy oculta que tiene la etiqueta de maleante o Zar de las drogas buscado por la CIA, el FBI, la DEA, la Interpol.
Al inquirir la vida ajena, hay intención de comprender qué sucede con el otro, qué le hace ser y hacer, por qué es así, cuál es su vía de trascendencia.
Así, en pláticas familiares hablamos y hacemos figuraciones de gente que nunca trateremos, enunciamos imaginaciones que son aceptadas por nuestra narrativa impetuosa. “Yo quiero una casa como la de Andrea Bocelli”. “Cómo es esa casa, dime”. “Pues no lo sé, pero yo quiero una así”.
Los juicios emitidos al calor de las conversaciones no tienen filtros y no necesitamos de guion cinematográfico. “Pues qué ingenuo se vio Juan Gabriel al querer imponer en México que basta ser artista para no pagar impuestos”. “Yo soy tan buen amigo consejero que si hubiera tenido amistad con Lady Di, buen reto le pondría a su destino. Ella no hubiera muerto tan joven”. “Ana Gabriela Guevara sólo tuvo un defectito, querer asumir un papel de administradora irrestricta cuando su responsabilidad era ser directora de la CONADE. Nada más. Para qué fue cuentachiles con los deportistas, para qué se peleó con todos si la vida son dos días”. “Yo no tuve manera de decirle a José José que mandara a volar a su disquera e hiciera, en secreto, un dúo con el gran Frank Sinatra”.
En el campo inmenso de los oficios y sus maestros ejecutantes, de los oficiantes y sus ceremonias públicas y ritos muy particulares, de los profesionales y su acción profesionista de comprobada vocación —más si la porta espléndida el personaje—, es buen candidato en nuestras conversaciones de sobremesa todo aquel que es aprobado, visto y aplaudido y merece ser colocado en el escalón fulgurante del buen ejemplo, del que causa asombro.
Tardes de soledad (2024), es un documental que atiende el específico arte toreril del peruano Andrés Roca Rey. Logra este trabajo visual estar cerca y muy cerca del matador de toros, con duración intensa de dos horas de proyección. Privilegio invaluable. Fue realizado durante tres años bajo la dirección de Albert Serra. Comparte la intimidad de las escenas, y la responsabilidad de cada lidia, la cuadrilla del matador integrada por Antonio Chacón, Francisco Durán “Viruta”, Paco Gómez y Manuel Lara “Larita”. La grabación va de exitosas faenas en distintas y prestigiadas plazas de toros a la secrecía de hoteles que sirven de vestidores. El matador y sus asistentes se valen de una única camioneta que los transporta aquí y allá. En estos set o locaciones, digámoslo así, se desarrolla todo.
El documental nos convida de escenas íntimas que sólo presencian en diálogo y códigos los camarógrafos, la cuadrilla y su torero estelar Andrés Roca Rey. La suma de lo visto, aplaudido, abucheado, lo sublime y los sobresaltos les tocó en convite a los asistentes a esas plazas.
El director evita una voz narrativa que lleve el hilo de lo que vive un torero determinado como lo es el peruano. Es decir, para amazisar el punto central del documental que reitera en el ruedo y los tres tercios y los distintos toros y suertes y públicos, no es relevante enterarse de otros momentos necesarios y cotidianos en la vida del matador: qué come, cuántas veces va al mingitorio, qué sentimientos de protección recibe de su familia, si va a la oficina recaudadora de impuestos a cumplir con sus deberes, si ronca al dormir o hace calistenia o levanta barras o discos de distinto peso, si es cinéfilo o sinestésico.
Con los elementos audiovisuales y perspectivas definidas, con coherencia narrativa y música sólo la necesaria, además de imágenes detonantes y estéticas, el documental Tardes de soledad reitera en comunicar qué sucede en el proceder de un matador de toros cuyo interés supremo radica en ofrecer un trébol de tres hojas al tendido, y, una más para él mismo, lo que suman cuatro: responsable espectáculo a sus seguidores; una visión de respeto a los incrédulos de su arte; lección magistral a los extraviados respecto de la tauromaquia, y, para sí mismo, la capacidad de recuperarse emocional, física y espiritualmente de sus constantes roces con la muerte.
¿Qué le hace ser a un torero? La alta conciencia de lo efímero de la vida y buena dosis de inconsciencia al volver una y otra vez al ruedo para ejecutar suertes ya sea con el capote, con la muleta o con el cuerpo mismo.
La genética temeraria del matador —que no siempre es metáfora— al acudir por voluntad a desafiar a un astado, con los peligros y glorias que de ambos se obtenga. Llámesele buscador de emociones, adicto a la adrenalina, loco en traje de luces, o, simplemente figura.
Además, el Dogma de la Resurrección de Lázaro, creada por mí, ahorita que escribo y concibo, y que ha de entenderse y cumplirse así: Es el poder divino que conceden las vírgenes celestiales, piadosas e inmaculadas en todas sus advocaciones presentes y futuras, manifestando su potestad de intercesoras y dadoras de vida, para que, por siempre y para siempre, en todas las calles y ruedos y plazas establecidas o móviles —lo que abarca cualquier evento taurino donde hay vaquillas y toros, tanto aficionados y novilleros y toreros, banderilleros y picadores y mozos de espadas—, tendrán los bípedos participantes la venia eterna de la recompensa: salir librados de la muerte una y otra vez, lo que indica no morir jamás por causas de ningún toro atroz, teniendo con ello la inmediata gloria de la resurrección, sin tener que morir, sino que les será concedida de manera veloz la venia del perdón por su mucha valentía. Sus heridas crónicas tendrán el rayano milagro de herida aguda con cicatrización por primera intención, el traslado a cualquier nosocomio será de risa porque más tardarán en llevar al diestro que lo que tarde la recuperación prodigiosa de su salud, lo que le permitirá al torero seguir y seguir repartiendo suertes muy entrada la vejez, y con mayor maestría y maestrazgo, todo todo para mayor gloria de la fiesta brava en este mundo y en el otro, llámese civilización multiplanetaria donde habrá, específicamente en Marte, según el derecho internacional vigente, la unión del patrimonio de toda la humanidad junto con el Patrimonio Cultural Inmaterial de la fiesta brava, nada más para tener qué aclamar. Y apresúrese, señor redactor, a llevar este escrito lumínico a la Curia Romana para mayor asombro del Papa León XIV y mejor trámite entre la Secretaría del Estado Vaticano y los Dicasterios específicos y la cara idiota de asombro de los teólogos expertos.
¿Cuál es el hacer del torero? La inobjetable afirmación de su vocación, del toque divino que le ha sido dado, de la congruente y entera afirmación de que si le quitan el astado, el capote y la muleta y la espada no sirve, literalmente, para maldita la cosa. De su hechura como figura del toreo que conlleva responsabilidades físicas y espirituales. De su generosidad de hacer discípulos. De elaborar en el sueño y el ensueño los argumentos suficientes para defender la fiesta brava tanto de los enemigos que hay adentro como fuera. De ser sermbrador de asombro en cada faena. De su absoluta aceptación de ser humano limitado pero a la vez ilímite en su poder creador a la hora de las suertes y la obtención de la sapiencia suficiente para hacer suyas las oportunidades todas de triunfar y necear en el triunfo.
¿Por qué es así la vida del torero? Porque no tiene opción de otra vida que no sea esta que le ha sido dada, y prestada y vuelta a prestar, para volverse a enfundar en el traje de luces y dar luz y metáfora a la vida de los espectadores que hacen valer el pago de su boleto, que tienen a la fiesta brava tan necesaria como la respiración misma.
¿Cuál es la vía de trascendencia del torero? Su vida entregada en riesgo setenta veces siete, con climas distintos, plazas distintas, aficionados exigentísimos, espasmos de asfixia, lo que hace de esta industria de la fiesta brava el sustento económico de numerosas familias y biógrafos y cronistas, teniendo como figuras esenciales al toro y al torero.
–Señor cronista, ya se le fueron a usted los bureles al monte. Y qué pasó entonces con el documental Tardes de soledad, que es de lo que nos iba a convidar con su sabia palabra.
–Diré entonces que Tardes de soledad provoca todo lo que ya expuse y mucho más, a consideración del amable espectador que decida ver el documental. El trabajo del inclasificable cineasta catalán, Albert Sierra, inicia con el resoplido potente de un toro, este luce su autoridad cuadrúpeda y su belleza monumental. Lo que le sigue son los quehaceres y los empeños de Roca Rey por responderse cada vez más íntimamente, ya sea climático y manso, del sentido profundo de su oficio llevado a paroxismos inimaginables. No se escatima respecto del dolor, agonía y muerte del toro que pasa pronto a los redondeles del olvido. En calidad de enterado del documental, se le llora al toro muchas veces y se pregunta uno también si vale la pena una forma de muerte así, tan cruel y violenta. De ahí, creo yo, el dejo del documental y su título insuperable. Lo que sigue para los espectadores y el matador estrella es eso: Tardes de soledad.
–Entonces, señor cronista, el toreo es arte o es deporte o es necedad de trascendencia humana.
–Así lo respondió el nacido en Tulancingo, Hidalgo, don Ricardo Garibay. Cito de memoria:
“Probablemente el boxeo y el torero son los únicos deportes —si el toreo es deporte— que tienen algún sentido. En los toros está la muerte, viva, despierta, vigilante, inminente. El toro ha de morir, y el torero puede morir en cualquier instante. Es infame sacrificar, con esa seria frivolidad suma, a un animal tan noble y tan hermoso, sí, pero la muerte redime ese escándalo”.