Pompeya no murió en el año 79: la ciudad resurgió como un asentamiento precario durante siglos
a 24 agosto 2025. Lizeth Cuahutle
Cuando pensamos en Pompeya, la imagen que se impone es la de una ciudad detenida en el tiempo: cuerpos petrificados en su último aliento, frescos intactos y calles desiertas cubiertas de ceniza. Sin embargo, esa visión comienza a desmoronarse. Una reciente investigación, publicada por el E-Journal degli Scavi di Pompei y difundida por el Parque Arqueológico de Pompeya, ha revelado algo inesperado: Pompeya no quedó deshabitada tras la erupción del Vesubio en el año 79, sino que fue reocupada y habitada, de manera intermitente, hasta bien entrado el siglo V.
Lejos de la ciudad congelada que evocan las postales, los arqueólogos hablan ahora de una Pompeya “gris, improvisada, casi como una favela”, donde supervivientes y forasteros levantaron una existencia precaria entre los restos de lo que fue una próspera ciudad romana.
En el momento de la catástrofe, Pompeya contaba con cerca de 20.000 habitantes. Las víctimas mortales confirmadas no superan las 1.300, lo que sugiere que miles lograron huir. Pero no todos encontraron un nuevo comienzo. Algunos, sin recursos suficientes, regresaron al lugar de la tragedia. Otros, posiblemente sin hogar, vieron en las ruinas una oportunidad: un sitio donde instalarse, recuperar materiales y quizá encontrar objetos de valor sepultados por la ceniza.
Los hallazgos recientes en la zona conocida como Insula Meridionalis, descubiertos durante trabajos de restauración, muestran una realidad sorprendente. Partes superiores de edificios parcialmente visibles entre los escombros fueron reutilizadas como viviendas. Lo que antes era la planta baja se convirtió en sótanos o refugios. Se han identificado hornos improvisados, pequeños molinos y señales claras de actividad doméstica rudimentaria.
Todo indica que esta “segunda Pompeya” no fue fruto de un esfuerzo coordinado por parte del Imperio. Aunque el emperador Tito envió a dos cónsules a la zona para organizar la recuperación, los intentos por reconstruir la ciudad como núcleo urbano fallaron. Pompeya quedó al margen: sin templos activos, sin cloacas, sin foros en uso. Lo que emergió fue una comunidad informal, empujada por la necesidad más que por el civismo.
No había planificación urbana ni infraestructura: era una ciudad-fantasma habitada por quienes no tenían otro lugar adonde ir. Los espacios fueron ocupados sin orden, en una convivencia forzada con la muerte petrificada que acechaba en cada rincón.
Durante décadas, la arqueología estuvo obsesionada con alcanzar los niveles del año 79: descubrir frescos, mosaicos y objetos “detenidos en el tiempo”. En ese proceso, muchos vestigios de la reocupación posterior fueron destruidos, ignorados o directamente pasados por alto.
Pero las nuevas metodologías arqueológicas, más sensibles al detalle y a los restos periféricos, han permitido rescatar esos fragmentos de una historia silenciada: la de quienes regresaron a vivir entre ruinas. Aquellos que adaptaron estructuras colapsadas, escarbaron en la ceniza en busca de recursos y resistieron en un entorno hostil.
La imagen que surge de estos descubrimientos es inquietante. En lugar de una ciudad vibrante, con foros y termas, vemos un paisaje roto, semiselvático, con viviendas improvisadas y vida fragmentada. El refinado trazado romano dio paso a una ocupación caótica. La vegetación crecía entre las piedras. Las casas se convirtieron en refugios, y las antiguas calles, en senderos sin ley ni dirección.
Pompeya pasó de ser un símbolo del esplendor romano a convertirse en una metáfora de la resistencia humana: de la capacidad de sobrevivir incluso entre los restos del desastre. En esos siglos posteriores a la erupción, la ciudad fue habitada, no por ciudadanos de toga y sandalias, sino por supervivientes de carne, hueso y hambre.
Hoy, millones de turistas recorren las calles de Pompeya como si viajaran al pasado. Pero lo que estos nuevos hallazgos nos enseñan es que el “último día” de Pompeya no fue el último. Hubo muchos más: días inciertos, difíciles, vividos entre la ceniza y la ruina. La ciudad no murió de forma súbita; agonizó durante siglos.
Reconstruir esa historia es un acto de justicia arqueológica, pero también humana. Porque detrás de los escombros, los muros derrumbados y los cuerpos fosilizados, hubo vidas que siguieron, aunque el mundo las hubiese olvidado.