¿Qué sucede en el cuerpo humano cuando muere de hambre?
a 24 agosto2025. Lizeth Cuahutle
La inanición no es solo una tragedia del pasado. En pleno siglo XXI, sigue cobrando vidas en distintas partes del mundo. Ya sea por conflictos, catástrofes, pobreza extrema o encierros forzados, miles de personas enfrentan la falta prolongada de alimentos. Pero, ¿qué ocurre exactamente dentro del cuerpo humano cuando se ve privado de comida durante mucho tiempo?
La medicina ha estudiado con detalle los mecanismos que se activan durante el ayuno extremo. Desde los primeros ajustes metabólicos hasta el colapso multiorgánico, el cuerpo humano lucha por sobrevivir, adaptándose con estrategias notables, aunque finalmente insuficientes si el alimento no llega.
En las primeras 24 a 36 horas sin alimento, el cuerpo utiliza sus reservas de glucosa y glucógeno (almacenadas en el hígado y los músculos). Durante este tiempo, se activa una respuesta hormonal que mantiene el nivel de azúcar en sangre (glucemia) relativamente estable para evitar una hipoglucemia peligrosa.
A medida que estas reservas se agotan, aparecen síntomas como debilidad, hambre intensa, irritabilidad y mareos. El cuerpo da señales de que necesita energía urgente.
Al cabo de 2 a 3 días, el cuerpo entra en cetosis: un estado en el que las grasas almacenadas se convierten en cuerpos cetónicos, que pueden ser utilizados por órganos como el cerebro como fuente alternativa de energía.
Este mecanismo permite sobrevivir varias semanas siempre que haya reservas de grasa y buena hidratación. Curiosamente, la cetosis suprime el apetito, lo que hace que la sensación de hambre disminuya. Sin embargo, también aparecen síntomas como fatiga, frío constante, pulso lento, pérdida de masa corporal y alteraciones en el ánimo.
Cuando las reservas de grasa se agotan, el organismo comienza a consumir su propia masa muscular. Los músculos se degradan para obtener aminoácidos y generar glucosa. Esta fase es extremadamente destructiva: el cuerpo pierde fuerza, los órganos se deterioran y la persona entra en un estado de debilidad extrema.
La pérdida de proteínas sanguíneas provoca edemas (hinchazón), la inmunidad se desploma y las infecciones oportunistas pueden aparecer fácilmente. El corazón, que también es músculo, se vuelve más débil. El individuo puede sufrir hipotermia, confusión mental, depresión profunda y letargo.
Sin intervención, el cuerpo colapsa. El corazón deja de funcionar correctamente debido a la pérdida de masa y al desequilibrio de minerales esenciales como el potasio y el sodio. La presión arterial cae, el flujo sanguíneo al cerebro se reduce y puede sobrevenir un paro cardíaco o una falla sistémica.
El tiempo hasta la muerte por inanición varía, pero se estima que, solo con agua, un ser humano puede sobrevivir entre 45 y 90 días. Factores como el estado de salud previo, la cantidad de grasa corporal, la presencia de enfermedades y las condiciones ambientales influyen mucho en ese margen.
A lo largo del tiempo, la humanidad ha presenciado innumerables episodios de hambruna: guerras, asedios, desastres naturales, campos de concentración o huelgas de hambre. Todos estos contextos han ofrecido tristes pero valiosas observaciones médicas sobre los efectos de la inanición. Casos como el de Kurt Gödel, Bobby Sands o víctimas de conflictos históricos muestran que, independientemente del contexto, el cuerpo sigue una secuencia implacable de deterioro cuando falta el alimento.
Comprender lo que ocurre fisiológicamente durante la inanición no es solo un ejercicio científico. Es también una llamada a la conciencia. Detrás de términos como “cetosis” o “catabolismo muscular” hay seres humanos sufriendo. El cuerpo intenta resistir lo imposible, pero necesita lo esencial para vivir.
Evitar que alguien muera de hambre es una responsabilidad colectiva. En un mundo con recursos más que suficientes, cada muerte por inanición es un fracaso ético. Informar con rigor sobre este proceso es un paso hacia la conciencia. Y esa conciencia debería llevarnos, como sociedad global, a actuar con urgencia y compasión para erradicar el hambre donde sea que ocurra.