Las catacumbas de Kom el-Shoqafa, un viaje al corazón de la Alejandría romana
Internacional. A 1 de septiembre de 2025. Redacción
Bajo las calles modernas de Alejandría, un laberinto silencioso yace oculto, narrando una de las historias más fascinantes de la antigüedad. Las Catacumbas de Kom el-Shoqafa, descubiertas por accidente a principios del siglo XX, no son solo un cementerio; son un portal a una era de sincretismo cultural, un lugar donde el arte funerario se convierte en un híbrido arquitectónico que desafía las convenciones.
Conocidas popularmente como «el montículo de los fragmentos» debido a la gran cantidad de cerámica encontrada en el sitio, las catacumbas se revelaron como un complejo sistema subterráneo que data del siglo II d.C. Lo que las distingue de otros sitios arqueológicos no es su tamaño, sino la improbable coexistencia de tres de las grandes civilizaciones del mundo antiguo: la griega, la romana y la egipcia.
Al descender por la monumental escalera de caracol que se adentra en las entrañas de la tierra, el visitante se sumerge en una oscuridad que es interrumpida solo por la luz artificial, que revela pasadizos, cámaras funerarias y sarcófagos tallados en la roca. Es en estos espacios donde el genio artístico de la época se manifiesta en su máxima expresión.
Los relieves y estatuas de Kom el-Shoqafa son un testimonio visual de cómo las creencias se fusionaron. En un mismo pasillo, se puede observar a Anubis, el dios egipcio de los muertos, vestido con la armadura de un soldado romano, flanqueando la entrada a una cámara mortuoria. Las columnas y los frontones de estilo clásico griego conviven con motivos tradicionales egipcios, como el disco solar alado y las esfinges. Las figuras de los difuntos, representadas en los sarcófagos, a menudo combinan la vestimenta egipcia con rasgos faciales de estilo greco-romano.
«Es una manifestación tangible de cómo la gente de Alejandría de la época romana vivía y entendía el mundo después de la muerte,» explica un arqueólogo local. «No se trataba de elegir una sola cultura, sino de tomar lo que consideraban lo mejor de cada una para crear una identidad única, incluso en su viaje al más allá.»
El complejo incluye una serie de pasadizos, el «Triclinio de Caracalla» (una sala donde los familiares realizaban banquetes en honor a los difuntos) y una cámara principal que albergaba más de 300 sarcófagos. La meticulosa artesanía y la complejidad del diseño sugieren que las catacumbas fueron, en un principio, una tumba privada para una familia adinerada que luego se expandió para servir a la comunidad.
Hoy, las Catacumbas de Kom el-Shoqafa son un recordatorio silencioso de la vibrante Alejandría que fue un centro de conocimiento, comercio y, sobre todo, un crisol de culturas. Un lugar donde la luz de la historia no solo se detiene, sino que se refleja en un espejo que muestra un «imposible» encuentro de civilizaciones.