¡De puta madre! «Bolero de Raquel». 👉Alberto Aguilar.

¡De puta madre!

Bolero de Raquel

Alberto Aguilar.

“Qué bien que bailabas, dije, mas no que bailabas bien”. Este juego verbal, añejo, señero y preclaro fue lo que conquistó mi oído e inauguró una gran amistad entre don Alfonso Palacios y este su amigo peatón.

El zócalo del Centro Histórico de Tlaxcala tiene frente al portal grande, casi frente al portal chico y en dirección a la parroquia de san José a los pocos boleros que quedan de fijo, con base, con suelo comprado o ganado y han sido la tradición (de padres a hijos, de abuelos a nietos, de compadres a compadres, de amigos a amigos, de líderes a líderes, de cuñados a cuñasnos), que abarca formas orales al transmitir y escuchar la voz del pueblo, y, de manera técnica, muy personal, hacen evidente el estilacho propio al lustrar el calzado ajeno.

En el caso específico de don Alfonso Palacios, su distinción es que le gana compartir su filosofía personal de vida, ya animado su canto quebrado, ya en confianza su gracioso anecdotario que suena a chistes caducos pero no lo son, ya poeta las estrofas ̶ en él de memoria ̶ de cantores como Joan Manuel Serrat, Alberto Cortés, Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez, Javier Solís.

A partir de sus apenas sesenta años de vida le entró a eso de la boleada, así, pública, abierta, fuera del clóset. Ya va para quince asistiendo de lunes a sábado al zócalo del centro de Tlaxcala, porque lo esperan sus clientes; cada semana machaca su afán de renovar la esperanza, de ganar y vivir bien, porque cada instante es distinto y hay que saber vivirlo y hay días enteros en que “el pato nada y hay semanas en que ni agua bebe”.

-Ya ya, cronista repetitivo. Estás peor que las series de Netflix: de una historia simple le rascan y le rascan y al final la historia es la misma, es lo mismo. Al grano.

-Usted perdone, pensé que el lector tenía todo mi tiempo. Es que me quedé con eso de “me dirijo al desocupado lector”, al “atento lector”, al “amable lector”, pero si el que me lee está más estrangulado que yo en un cuadro de ansiedad que arroja angustia constante, pensamientos intrusivos y conductas de evitación, mejor evitamos prórrogas y entremos a lo que importa.

Don Alfonso Palacios es bolero setentero y activo en el zócalo del Centro Histórico de Tlaxcala. Histórico fue su paso por la milicia mexicana. Muy mexicano él, afirma que no le tiene miedo a la muerte ni a nada. Y pues nada, qué diré, que es beneficiario de la Pensión del Bienestar para personas adultas mayores. Se beneficia de los descuentos del INAPAM. Es beneficiario de imaginación y memoria suficientes para entretener poco más de veinte minutos a quien decide confiarle de los calcetines puestos hacia abajo. Convidarse del pensamiento de don Alfonso Palacios sólo es cuestión de tener oído atento poco más de veinte minutos, tiempo estimado para el par de zapatos que él mismo bolea ante la vista, arriba de él, de su cliente.

-A ver, doctor, dígame una canción con la palabra Mazda. Sí, es la marca de una compañía automotriz japonesa.

-Mazda… Mazda… no, no doy.

-Y, qué más da, la vida es una mentira. Miénteme más, que me hace tu maldad, feliiiiiz.

-Ah qué don Alfonso, tan audaz.

De las satisfacciones humanas por su labor, manifestado en papel moneda, y avalado por el Banco de México, ha sido una propina de doscientos pesos que le dio el torero Rubén Fonseca en su reciente visita a Tlaxcala. El bolero no supo que su cliente era matador de toros hasta después que lo vio en los carteles. “Buena onda el chavo ese, la verdad. Muy respetuoso conmigo”.

Paso a saludar a don Alfonso Palacios. Se ve raro. Cómo no si está estrenando dientes postizos. “No me acostumbro, mi amigazo. Me siento raro. Pero ya una amiga me dijo que me veo guapo. Me levantó el ánimo, la verdad”.

Don Alfonso, platíqueme una anécdota. Que me haga reír o llorar, no importa. Uy doctor, me dice, yo soy bueno para la boleada. Para hacer de comer. Para la electricidad. Para el pulque. Y soy muy su amigo, su amigazo el bolero de Raquel. Pero para hacer historias no se me da. Nomás no. No se ponga serio, doctor. Órale pues, le contaré una.

Éramos tres fiscales allá en mi pueblo. Tuvimos reunión con el párroco a las ocho de la noche, y pues ya sabe, al final le entramos al tequilazo. Dos botellas entre cinco. ¡Se nos fue como agua bendita! Ya camino a casa, se me cruza un pelado. Era mi primo carnal, el Capulín, el Pablo, bien que lo identifiqué. Me la suelta: “¡Vamos a rompernos el hocico!”. Ora qué te pasa, no manches, le dije. Cálmate. Si no la aguantas no la fumes. Y otra vez lo mismo, pero ahora con un empujón en mis hombros: “¡Vamos a rompernos el hocico”!. Estás pendejo, le dije, ya quieres mear como los perros grandes. Si eres mi primo carnal, no se te olvide. Y que me revira: “¿Primos carnales? Queeeee, ¡pues qué soy mula cruzado con alacrán!”. Entonces que me enciende eso y ¡mole doña María!, que le doy un derechazo pero meco, meco, directito en su puto ojo de capulín bizcorneto. Tendido quedó sobre el tepetate. No se movía. Al rato que le sale una voz chillona: “¡Ay mi ojo, mi ojo mi ojo!”. Con este puño que ves que le hundo el ojo, para qué le está haciendo al machito, al loco, ah pero a fuerza quería trancazos. Nada más de chimplete, si le digo doctor que somos primos carnalitos. Pasó una semana y nomás no le abría el ojo. Que según ya lo había perdido. Cuál perdido si nunca rodó el ojo como canica ni nada de eso. Pasa otra semana y ahí va a mi casa el primo carnal con toda su parentela. Que le tenía que pagar el doctor, las curaciones, la medicina. Que los regreso a su casa con la promesa de que, si pasada otra semana, no se aliviaba, pues entonces yo ya me hacía cargo. Y gracias a san juditas que se alivia y ya no pagué nada. Pero cómo ve, doctor, todo causa de que le quiso hacer al loco.

 

 

 

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