¡De puta madre! Hombre probo Alberto Aguilar

¡De puta madre!

Hombre probo

Alberto Aguilar.

Acudo a mi escritorio para tratar de digerir, en el silencio de mi estudio, con palabras por mí reunidas, lo acontecido esa tarde en Tlaxcala.

La Tlaxcala cerril, la montaraz, la señera, la señorita, la modosita, la moderna, la melindrosa, la apetitosa, la selecta, la culta la ingenua, la de mucha memoria y sin ella, la de ínfulas de cercado roce señorial, la de las tradiciones que la hacen obesa en su repetido orgullo ancestral; la de los apellidos montados años atrás y que hoy, hoy, son el eco de eso mismo: del linaje, de la distinción, del abolengo, de la necia inclinación a gobernar, la líder, la proclive a trazar el futuro de un pueblo, la familia prodigio que, así dicho, en palabras simples, es la que -por los altísimos dioses- ha sido ungida con apellidos claros para que la posteridad y sus cronistas coloquen en papiro o legajos eso que se debe nombrar y hacer valer en el tránsito de la historia, la que borda con sus personajes imprescindibles la historia de Tlaxcala.

Son las cuatro veinte de la tarde, es jueves ocho de enero de dos mil veintiséis. La tarde es tibia, luminosa y afable en el recinto ferial de Tlaxcala.

Gente de avanzada edad y muchas más de distinta lozanía (sumaron casi quinientas), se reunieron para celebrar la gloria de la palabra impresa y las imágenes fotográficas hermosas y el anecdotario y los testimonios y la biografía casi completa de Joaquín Cisneros Fernández, político tlaxcalteca, hombre muy querido por el pueblo, personaje devoto y fiel al pueblo tlaxcalterco, lo que nunca le restó ser habitante del mundo. “Mi querido Beto, qué tal mano. Salúdame a tu mamá, doña Verónica Carmona, gran respaldo de mi amigo Tulio. Cuídala. Saldré a Europa, a mi regreso te invito a comer a mi casa, El nido del águila”. “Qué gusto, don Joaquín. Sí, don Joaquín. Será un honor, don Joaquín. Buon viaggio, don Joaquín. ¡Olé, don Joaquín!”.

Estamos en el renovadísimo salón Joaquín Cisneros Molina. Estamos en el fincado territorio donde la Feria de Tlaxcala ha sido cuna de la evolución del pueblo y testimonio estético de su impulsor directo, primigenio, Joaquín Cisneros.

Por donde se le espíe, las seducciones de la improvisación no tienen reino. Todo en orden, en tiempo y forma, a la usanza disciplinada e inteligente de su hacedor JCF. La gente se va agrupando y las miradas abiertamente indiscretas revisan la indumentaria ajena, los modos, los rictus, los silencios, las inasistencias, el fiero paso del tiempo, las soledades advertidas.

-Llegó don Joaquín desde hace media hora, puntual a como es él. Y ya son las seis. Y nada…

-Seguro están esperando a que llegue su sobrina Lorena. Entiéndela, es gobernadora y gobernando se le va el tiempo y se le escurre la brújula, ya no se pertenece.

-O a lo mejor están esperando a que llegue el presidente municipal de Tlaxcala, Beatriz Paredes o algún exgobernador.

-¡Reprobado estás en la historia de la política local! Urge que leas el libro que hoy se presenta. Ahí encontrarás respuestas.

-No te esponjes, yo sólo conjeturaba.

Funcionarios y exfuncionarios llegan. Quieren abrazar a su amigo Joaquín. El ensamble es político, cultural, fraterno, de cohesión y lealtad, de lujo espiritual. Porciones del pueblo común y anónimo también participan de ese código gustoso. Es la tarde de los reencuentros, de pechos nostálgicos, de sacos de vestir gastados, de cabellos canos, de blazer de buen gusto, de vestidos negros y accesorios accesibles de lujoso aparador.

-En primera fila está el señor obispo de Tlaxcala, Monseñor Julio César Salcedo Aquino. Aquí no se ve tan parco y huidizo.

-Y allá está el multipublicista de sí mismo, el presbítero licenciado Ranulfo Rojas Bretón. Menos protagonista porque ahora sí llegó el obispo. ¡Tómala, barbón!

“Vivir y servir. Memorias”, es el título del libro en el que el muy tlaxcalteca Joaquín Cisneros Fernández aporta a la humanidad un contenido muy honesto, severo, respecto de su tránsito por la vida vivida.

Años lleva hacer filigrana de la vida diaria, y él, don Joaquín, en la solera de su andar por el mundo, es el primer convencido de que está en Tlaxcala el mejor paraíso posible, la mejor morada, el mejor paradero para entender el destino y aceptar los resultados de las circunstancias de la política nacional y local, no siendo esta de ningún modo el único fin existencial si consideramos en Joaquín Cisneros Fernández su visión cosmopolita, exquisita, de sibarita, de esteta, de ungido por la bonanza, de lo que hoy, quizá, se nos antoja exagerado cuando calificamos a alguien que ha nacido y de origen tiene -y que es propio de los privilegiados- el envidiable calificativo de ser “de buena cuna”.

Joaquín Cisneros Fernández, disciplinado y congruente, arribó al Salón Joaquín Cisneros Molina –nombre en honor a su padre exgobernador de Tlaxcala- a las cinco treinta y cuatro de la tarde. Jovial y ligero, dueño de sí, condujo una especie de carrito funcional que minimiza en su color y diseño, en su moderada capacidad, cualquier sentimiento lastimero que pudiera hacer sentir, a su único conductor, valer menos. Muy por el contrario, quien lo vio llegar, celebró ese su festín por la vida, ese anticipado gozo por el alba de cada día que está por acontecer, esa alegría plena de sentirse vivo.

Si el pretexto es la cultura, quién va a venir a regatear páginas menos, páginas más, en el resultado de un libro necesario para la historia de Tlaxcala y para su autor, legítimo en el ejercicio “yoico”, del “yoyo”, ese del yo reiterativo que a fuerza de escucharse, por años milenarios, quiere además que haya un posible lector que disfrute de sus talentos y testimonios respecto de su estirpe y amor profundo a Tlaxcala.

El arribo de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros fue a la par del arribo de los presentadores, moderadora y autor en el presídium. Respetuosa y reverencial, la jefa del ejecutivo estatal, escuchó, aplaudió, asintió, suspiró, felicitó y se fue. La tarde era para su tío Joaquín. La gloria es toda de él y nadie iba a oponerse, a defender lo contrario.

Alfredo Ríos Camarena y Everardo Moreno Cruz, a juzgar por su efigie, por su estilo oratorio, por su ajuar decimonónico, por el modo de usar las palabras con ademán preciso, -en su actuar como presentadores del libro-, hicieron el milagro de devolvernos al siglo pasado y ver en ellos a los líderes natos y sempiternos, reacios, imaginativos, dialécticos, marrulleros, progresistas del en ese tiempo inalterable Partido Revolucionario Institucional.

Al tratarse de un evento público, y del entrañable Joaquín Cisneros Fernández, los dos presentadores optaron por un camino discursivo definido: asumir gallardía al hacer sonar los centenarios creativos y humanos de JCF; lucir retórica literaria de su salivosa boca; enfocar el valor invaluable de la amistad como una de las bellas artes.

Alfredo Ríos Camarena: “Este libro es el resultado de un alma generosa, de un hombre bueno y honesto que le puso al libro “Vivir y Servir”. Quizá yo le hubiera puesto Vivir con Honor y Servir con Pasión, porque así lo ha hecho a lo largo de toda su vida. Este libro es como un diamante que recorre muchas facetas; donde lo abran van a encontrar cosas distintas. Joaquín es un hombre de amor, de honestidad, de cariño, de destino y de lucha permanente, porque ha sido su pasión Tlaxcala. Carlos Madrazo, padre, decía que cuando caminaba con Joaquín no se oían sus pisadas porque caminaba con pantunflas. Y se refería naturalmente a la forma elegante de hacer política. Política y poesía, amor y canto, dolor-alegría, optimismo y también tristezas, pero Joaquín sigue aquí con nosotros, mirando desde su casona de la montaña a los bellos volcanes, amanece viendo a la Malinche y sigue amando a Tlaxcala. ¡Tiene familia, tiene amigos, tiene salud, tiene esperanza! ¡Salud, por Joaquín Cisneros Fernández!”.

Everardo Moreno Cruz: “Cuando venía entrando a este hermoso salón, advertí, caminando por los jardines, a cuatro personas. Me les acerqué y pude saludarlos. Eran dos adultos mayores y dos jóvenes. Intercambiamos unas palabras y me dijeron que venían a la presentación de este libro, que se sentían muy orgullosos de ese libro y también se sentían muy orgullosos del autor. Exhorté a que adelantaran el paso, a que entraran primero. Sonrió el adulto mayor y dijo no, vamos a entrar al final, pase usted. Así lo hice. Y ellos se quedaron fuera. Aquí están. Son tus padres, Joaquín. Son tus hijos. Son ellos ¡y también están presentes! Los jóvenes, con su alegría y con su chispa y con su lozanía, me pidieron que te dijera que desde donde están quieren que seas muy feliz, y que reciben tu amor, pero ellos también hacen la reciprocidad de ese amor. Y tu padre me dijo, dígale a mi hijo que duerma tranquilo, como lo dice en su libro, porque nosotros estamos con él y velamos su sueño”.

Después del paso de tribulaciones muy personales, de la infamia de la edad sobre las limitaciones del cuerpo, de las payasadas de cronos el maldito, Joaquín Cisneros Fernández, el hombre probo y muy completo, recibió la más bella medalla de amor que hombre sobre la tierra pueda poseer: el admirable amor y el amor admirable vuelto palabras en el sentir de sus dos nietos, Jhon Derek Meyer Cisneros y Constanza Meyer Cisneros.

En estos tiempos modernos en los que damos “sape” en la nuca del corazón y menospreciamos los colores del espíritu; en los que el tartamudeo de la intelección y la lectura torpe ante el público se torna graciosa, el público asistente confirmó la recia educación y el decoro, la suave elegancia exenta de petulancias, la sensibilidad de la existencia y la gratitud en dos mensaje breves y memorables. Jhon y Constanza serán recordados por muchos años muchos, o para ser más específicos: por toda la eternidad y tres días.

Tlaxcala amanece con luz renovada y entran sigilosos sus rayos en el cuerpo tierno del muy querido Joaquín, artista de la vida, hecho de maneras cálidas, de nariz de ancla, de voz delgada, de muchas vidas vividas, asumiendo en todas ellas el excitante riesgo de vivir.

 

 

 

 

 

 

 

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